Hacia poniente #historiasdeviaje

3 de agosto.Hemos partido del Puerto de Palos poco después del amanecer. Voy en la tercera carabela. Entre todas, sumamos noventa almas. Me enrolé como grumete hace dos días, tras salir de la Sierra de Aracena en mitad de la noche, huyendo de la casa de mis padres con una muda, una hogaza de pan y un queso en un hatillo. Uso el nombre de mi primo, Martín Antúnez. A él no le va a hacer falta, lleva ya varios meses descansando en el cementerio. Tampoco tengo sus 17 años. Guardo mi mayor tesoro, medio real de plata, para una ocasión especial. En el mejor de los casos, allí no hay más futuro que rebañar el cobre en las minas a cielo abierto, esquilmadas hace siglos, o trabajar los campos, tan duros que en ellos hay más guijarros que tierra. Echando hasta el primer buche de leche ante las risas de los tripulantes, he aprendido mi primera lección: cuando ataca el mal de mar, no hay que vomitar a barlovento.6 de agosto.Hoy atravesamos el temible Mar de las Yeguas. Ahora comprendo la razón de su nombre. El vaivén de sus aguas es un continuo ataque de coces y quiebra las patas a los caballos. Ha habido que sacrificar alguno, dejando a sus hembras viudas. Nuestra nave está muy dañada. El timón no ha resistido los envites y se ha quebrado. Con gran presteza, a las órdenes del capitán, han hecho un apaño hasta que arribemos a las Islas Canarias. Ya sé en qué consiste el trabajo de un grumete: cualquiera que le ordene un marinero. Mi piel, que siempre ha sido blanca como la nieve de la serranía, está abrasada en la cara y las manos. Mantengo el resto de mi cuerpo protegido por la ropa. Esta noche, como todas, han hablado de seres temibles que habitan la mar: hidras, pulpos gigantes… Creo que para asustarme. También de la gran aventura, llegar a las Indias por poniente. Ahora apenas me mareo, pero no puedo olvidar que no piso suelo firme. Siento un extraño vértigo en los pies ante la inmensidad de las aguas bajo sus plantas.4 de septiembre.Ya entiendo por qué a estas bellas tierras rodeadas de mar las llaman Afortunadas. Recalamos en Gran Canaria para reparar nuestra nave. La nao capitana y la segunda carabela han continuado camino hacia otras islas. A la vuelta del almirante los hombres han tallado un timón y aparejado el navío de velamen cuadrado. Ahora es el más rápido de la expedición. Después hemos partido todos en los tres barcos. Estamos en la Gomera. Sus gentes son de una dignidad hermosa, su piel tiene un brillo oscuro radiante, y se hablan desde la lejanía con silbidos, que a pesar de los intentos no he conseguido imitar. Desde su cima, los ojos se pierden en un tapiz verde de árboles mullidos, y girando en torno a mí, no dejo de ver el mar. A lo lejos se eleva el humo de la montaña más alta de la isla de Tenerife, donde habitan los guanches. Cuentan que desde la nao capitana vieron cómo escupía fuego la noche del 24. Ante un conjunto de piedras enormes que parecen colocadas adrede por seres gigantescos, he sentido la misma paz que en un templo, pero no huele ni a velas ni a incienso, sino al verdor y a la tierra. Hemos aprovisionado los barcos de alimentos y la sentina rebosa del agua que brota mansa en la fuente de San Sebastián. Los marineros hablan de mujeres hermosas que viven en el fondo y enloquecen a los hombres que logran verlas. Es un manantial cristalino, muy distinto a la poza verdosa de mi pueblo. Al asomarme solo he podido ver mi reflejo aniñado.26 de septiembre.Salimos de la Gomera el día 6, con provisiones suficientes para completar nuestro viaje. En la décima jornada han cesado los vientos alisios que inflan las velas, empujando nuestras naves. Hemos quedado varados en un bosque de plantas marinas, que algunos ya conocen y llaman sargazos. El calor pudre la comida en las bodegas. El agua está corrompida. Los ánimos exaltados. No podemos volver, ni seguir avanzando. Algunos me miran como si pudiera suplir lo que han dejado en tierra. Rodrigo, un marino de Triana, se ha dado cuenta y ha salido al quite. Desde entonces no me alejo de mi valedor. Al atardecer ha cantado un marinero de Almonte. Oyendo su voz sobre la quietud de las naves, hasta los hombres más duros han llorado como chiquillos. Nuestro capitán desconfía de los cálculos del almirante. Han discutido en el castillo de proa. Ni siquiera han reparado en mi presencia. Ya bien entrada la noche, mirando la silueta de la nao capitana recortada ante la luz de la luna, he visto resplandecer varios pares de luces diminutas entre las algas. De ellas ha surgido una criatura con cuerpo de mujer y cola de pez cubierta de escamas verdes y doradas, mirándome con ojos brillantes. He sacado mi medio real de plata de la faltriquera y lo he arrojado al mar: no habrá oportunidad que más lo merezca. Las restantes han salido a la superficie, son muchas, y de popa a proa, de babor a estribor, cruzándose como la urdimbre y la trama en un tejido, han empezado a deslizarse zigzagueando entre las aguas, haciendo zozobrar levemente los navíos, liberándolos. Mientras, se ha levantado una brisa suave. Al amanecer hemos proseguido camino con el velamen hinchado. Una lluvia fina nos ha permitido recoger agua.12 de octubre.Hace ya dos días que divisamos plantas terrestres a la deriva y algún pájaro. Hoy me he despertado antes del alba. Desde la cofa de vigía, Rodrigo ha gritado «¡tierra a la vista!». Con emoción me llevo la mano al vendaje que oprime mi pecho. Pude burlar un matrimonio pactado entre dos familias de hidalgos. Tal vez haya una oportunidad para una mujer en un mundo nuevo.#historiasdeviajes

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